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Saber leer no nos da de comer

El Cairo- ¡Ramilletes de hierbabuena, saquitos de limas? todo a una libra!, repite la pequeña Zahra mientras recorre hasta caer exhausta la avenida Veintiséis de Julio en el distinguido barrio cairota de Zamalek. Como Zahra, forzada a trabajar vendiendo pañuelos de papel, hierbabuena fresca y limones verdes a los transeúntes y vehículos parados por unos céntimos de euro, uno de cada 10 niños egipcios abandona la escuela para ponerse a trabajar y ayudar económicamente a sus familias. En este país de 80 millones de habitantes, donde el 20 por ciento vive por debajo del umbral de pobreza y otro 20 sólo por encima de ella, el trabajo infantil es una triste necesidad y una realidad que pasa desapercibida ante los ojos de la mayoría.
Sharif, de 12 años, y su hermano Hussein, de 10, reconocen que nunca han ido al colegio. Los dos menores venden paquetes de pañuelos en un puesto improvisado con una caja de cartón. «Mi familia es muy pobre, así que tenemos que trabajar», nos explica Sharif mientras se pregunta: «¿De qué nos servirá aprender a leer, si no podemos comer?».
Al igual que las calles de El Cairo están llenas de pequeños vendedores ambulantes y limpiabotas adolescentes, en los talleres de reparaciones se abusa de la mano de obra infantil. Estos jóvenes, empleados en edad escolar, ganan un sueldo de unas 40 libras (unos cinco euros) semanales. Un salario insuficiente que apenas sirve para cubrir las necesidades básicas.
De acuerdo con la Agencia de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), alrededor de 2,7 millones de niños, de edades comprendidas entre seis y 14 años, trabajan en Egipto.
De acuerdo con las estadísticas oficiales, un tercio de los 80 millones de egipcios tiene menos de 15 años y el 10 por ciento de ellos, según ha denunciado la oficina de Unicef en El Cairo, se ve obligado a trabajar en condiciones difíciles. Sin embargo, el Gobierno reconoce tan sólo al tres por ciento de los menores forzados a trabajar.
El país del Nilo es el décimo productor mundial de algodón, una industria en la que trabajan más de un millón de niños que cada año son enviados a los campos de cultivo, advierte esta organización. Los menores trabajan casi 11 horas, superando con creces el máximo de seis horas diarias estipuladas por Ley, indica la agencia de Naciones Unidas.
Proyectos inacabados
Aunque Egipto es miembro signatario de la Convención sobre los Derechos del Niño de 1990, el régimen de Hosni Mubarak ha ignorado la convención y apenas ha hecho esfuerzos para reactivar la lucha contra el trabajo infantil.
Hace dos años, la primera dama, Suzane Mubarak, puso en marcha la campaña «Tarjeta roja al trabajo infantil» en cooperación con la Organización Internacional del Trabajo. Pero este ambicioso proyecto destinado a sacar a los niños de las calles y obligar a su escolarización chocó con los intereses del Gobierno, que vio amenazada la imagen de modernidad y reformismo que pretende exportar.

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